Ella nunca se discontinúa

Entra una cucaracha a casa. La veo en el apoyabrazos del sillón y pego un salto. Es enorme, es de las que te cruzás de noche en el verano por la calle, que tienen sombra, que son tan grandes que parecen un animal.
La miro desde la otra punta del living, ¿qué hago? No me animo a matarla, me da impresión, es asqueroso. Peor aún: si fallo puede volar no sé adónde.
Del sillón pega un salto al piso, y yo otro más para atrás. Qué boluda, cómo no compré Raid. Pienso en tocarle el timbre al vecino para pedirle prestado veneno. No, es ridículo.
Abro el grupo de Whatsapp de mis amigos, "hay una cuchara infinita en casa, ayuda".  Blas dice que prenda fuego el sillón, Diego que tire laurel para espantarla. Corro a la cocina, agarro el frasquito. Parto las hojas y hago una barrera que separa el lado de la cucaracha, que incluye la ventana, del mío. Lucía pregunta si mandé fotos, que no quiere verla. Estoy tan nerviosa que le hago zoom a la cucaracha y mando la foto. Es que leí mal.
El bicho se sube a mi mesa ratona, pasa por arriba de mi botella de agua, de ahí al parlante. Se sube a la silla, arriba de la cartera. Voy rápido a mi cuarto a ponerme un vestido porque si tengo que salir corriendo de casa no puedo hacerlo en bombacha y corpiño. Pasa por el teclado y el mouse de la compu (que estoy usando ahora para escribir esto). Hija de puta, hija de puta, hija de puta. Sí, la puteada espontánea es patriarcal (esto lo pienso ahora, en el momento no). Apago el horno para que no se me queme la pizza. Vuelvo rápido para no perderla de vista. Se da vuelta, queda patas arriba, creo que está muriendo. Sí, magia. Gracias, Mundo. Blas dice por el grupo de whatsapp que la mate bien muerta porque sino llama a sus amigas para la venganza por tirarle laurel. Diego dice que le tire Fernet. Lucía que la puedo comer, como dice Lispector.
Zapatillazo no, con la escoba voy a pifiarle. Agarro el escurridor de piso, le doy duro a la cucaracha, varias veces. Le saco otra foto y se las mando a mis amigos. Diego dice que la vuelva a pisar, que si huele a espárragos no murió. Pregunto si puedo tirarla por el balcón o eso me convierte en mala ciudadana. Inodoro, dice Diego. La empujo hasta el zócalo de la pared. Con la pala la recojo. Mueve las patitas como acto reflejo, empujo la pala con el escurridor hasta llegar al baño. La tiro al inodoro. Aprieto el botón tan fuerte como nunca. Le digo a mis amigues que me estresé. Me pongo a sacar conclusiones. Clara me manda a escribir. 

Vuelvo al living. Siento todo el espacio invadido. Clarice Lispector dice algo así como que una cucaracha es mayor que yo porque su vida se atreve tanto a él (a Dios), que ella viene del infinito y va hacia el infinito sin percibirlo, ella nunca se discontinúa. Pienso que el horror está en que la cucaracha camina por arriba de todas nuestras cosas sin pedirnos permiso, toca todo, se apropia de la casa. Recorre rincones que no cualquiera se atrevería. Una vez que se fue o que la matamos queremos volver a nuestras cosas como si nada hubiera sucedido. No podemos. Y eso que sabemos muy bien que cuando no estamos, cuando no vemos, pasa de todo en nuestros rincones. 

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4 a.m.